domingo, 8 de noviembre de 2015

"Manolito Gafotas", de Elvira Lindo

Elvira Lindo nació en Cádiz en 1962 y pronto se fue a vivir a Madrid con su familia. Está casada con el escritor y académico Antonio Muñoz Molina. Su vida profesional ha girado en torno a la literatura y el periodismo. En 1998 obtuvo el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por Los trapos sucios de Manolito Gafotas.

Manolito Gafotas (publicado en Alfaguara Juvenil, serie azul, desde 12 años) es un pequeño Nicolás a la española, un niño travieso y patoso que vive en el barrio madrileño de Carabanchel Alto con sus padres Manolo García y Catalina, su abuelo Nicolás y su hermano pequeño al que llama el Imbécil. El pequeño se ha convertido en uno de los personajes más famosos de la literatura infantil española actual. Protagoniza una serie de ocho títulos. De Manolito se han hecho dos películas y una serie de televisión, lo que ha aumentado enormemente su popularidad.


Vamos a transcribir aquí parte de un capítulo de Manolito Gafotas, donde se observan el humor, el uso del español coloquial, el tono conversacional que tiene la serie creada por Elvira Lindo:

“La Paz Mundial

Hace diez días con sus diez noches mi sita Asunción entró en la clase a las nueve en punto de la mañana, sin dejarnos esos cinco minutos que tenemos todos los días para echarnos en cara lo que nos hicimos los unos a los otros el día anterior.
            La sita Asunción tomó aire y casi todos bostezamos porque era muy temprano para aguntar uno de sus discursos. Nuestra sita dijo lo siguiente:
            -Este año quiero que preparemos el Carnaval como si fuera el último carnaval de nuestra vida. Vamos a presentarnos a un concurso de Eurovisión de disfraces que van a hacer en una discoteca de Carabanchel el próximo sábado. Van a presentarse niños de los colegios de todo el barrio y tenéis que demostrar al mundo que sois unos niños como Dios manda y no esos delincuentes que parecéis.
            No la dejamos acabar, se montó un mogollón en la clase que no veas. Yihad se levantó para decir:
            -Aviso: yo me voy a disfrazar de Supermán y lo digo para que no se disfrace nadie más de Supermán porque en esta galaxia Supermán sólo hay uno y ése soy yo y no quiero tener que partirme la cara con nadie. Repito: es un aviso.
            Entonces dice el Orejones:
            -¿Y de qué me disfrazo yo si sólo tengo el disfraz de Supermán y mi madre no me va a querer comprar otro?
            Y se empezó a oír un eco en toda la clase: «Y yo... y yo... y yo...», porque todos los niños tienen el mismo disfraz de Supermán por los siglos de los siglos.
            Yihad había avisado. Se tiró descontrolado a por el primero que pillara, porque a Yihad en esos momentos de alta tensión ambiental le da igual ocho que ochenta. No sé por qué tuvo que pillarme a mí; a lo mejor tiene razón mi madre cuando dice que siempre estoy en medio, como el jueves. Menos mal que soy un niño con reflejos y me defendí rápidamente:
            -No hace falta que me rompas las gafas esta vez, Yihad. Todo el mundo sabe que yo prefiero ser el Hombre Araña.
            Entonces salió un tío de mi clase diciendo que el Hombre Araña era él, y una niña que quería ser la Bella y pedía a gritos una Bestia... Así que, tal y como se habían puesto las cosas, no nos quedó más remedio que empezar a pegarnos, porque es la única forma que tenemos en mi clase de solucionar nues­tros problemas de convivencia.
            La sita Asunción, fuera de sus casillas, dio tres punterazos en la mesa y eso nos hizo acordarnos en masa de que estábamos en el colegio, en una clase y con una sita despiadada: la sita Asunción. Mi sita dice que da los punterazos en la mesa para desahogarse. En el fondo lo que a ella le gustaría sería darlos sobre cabezas humanas, lo que pasa que tiene la mala suerte de que ahora se lo prohíbe la Constitu­ción española. «Si no fuera por la Constitución -dice a veces mi sita Asunción-, ibais a estar más tiesos que unas velas del Santo Sepulcro.»
            Mi sita Asunción dijo que nada de supermanes, ni de hombres arañas, ni de bellas ni de bestias; que teníamos que demostrar a Carabanchel, a España, a Estados Unidos y al planeta Tierra que éramos unos niños buenas personas, que luchábamos por la paz del Mundo Mundial y que ella había pensado que nos íbamos a vestir los treinta niños bestias que somos de palomas de la paz.
            Si no hubiera sido porque la sita Asunción iba armada con su puntero y porque además es nuestra señorita y porque somos una pandilla de cobardes, le habríamos dicho a coro: «Anda vete, salmonete».
            Estábamos bastante desilusionados; había sido el chasco más grande de nuestra existencia. Nos quedamos muy callados; ya nada nos hacía ilusión en este mundo mundial. Entonces mi sita continuó:
            -El jurado, que es la Asociación de Vecinos, nos dará el primer premio, porque no hay jurado en España que se resista a dar el primer premio a treinta niños que van vestidos de palomas de la paz. Además nos llevaremos muchos regalos. Seremos por un día los símbolos de la paz mundial y nuestro grito de guerra hasta el sábado será: ¡Los vamos a machacar!
            Eso sí que nos gustó; con un grito de guerra como ése podíamos ir hasta el fin del mundo, íbamos a machacar a todos los niños de todos los colegios del barrio con nuestros trajes de superpalomas de la paz.
            Mi madre y las madres de los treinta niños bestias que somos nos hicieron esa semana los trajes de paloma con papel cebolla. Mi madre se quejaba bastante porque dice que, para mi sita, cualquier excusa es buena con tal de tenerla gastando dinero y trabajando. Que el disfraz de Hombre Araña ella me lo había comprado para no tener problemas hasta que yo hiciera la mili y me dieran el disfraz de soldado. Que cómo se hacía un disfraz de paloma y que paz era lo que ella necesitaba, mucha paz en una playa desierta de Benidorm y sin niños, que eso era para ella la paz mundial.
            Se quedó callada treinta milésimas de segundo y luego siguió protestando y diciendo que si no me estaba quieto jamás podría probarme, que conmigo hay que tener mucho cuidado porque los trajes por la cabeza nunca me entran. «Este niño -se refiere a mí- otra cosa no tendrá, pero nació con veinticinco dedos de frente.» Mi abuelo la consuela a ella y me consuela a mí diciendo:
            -Como Einstein. Todos los sabios han tenido siempre veinticinco dedos de frente.
            Al Imbécil le tuvo que hacer otro traje de paloma porque el Imbécil es culo-veo-culo-quiero, y como no le hagan el mismo disfraz que a mí ha cogido la costumbre de no comer y mi madre dice que un día se nos va a deshidratar. A mí me da igual que se deshidrate; el que se deshidrata hoy día es porque quiere. Ah, se siente.
            Total, que el día C -la C es por Concurso y por Carnaval- mi madre nos vistió con nuestros trajes de papel cebolla y nos dijo que nos fuéramos yendo para el colegio. A ella le gusta mucho ver que salimos vestidos de paz mundial y cogidos de la mano. No me preguntes por qué, nunca he podido explicármelo.
            Nos encontramos a la Luisa por la escalera y la Luisa va y nos dice:
            -Mira tu madre la maña que se ha dado para vestiros de pingüinos.
            Así que no tuve más remedio que agarrar al Imbécil y volver a subir a mi casa para decirle a mi madre que nosotros de pingüinos no queríamos salir a la calle, ni aunque fuera por la paz mundial. Mi madre nos dijo que la Luisa no sabía distinguir entre un pingüino de su marido y entre una paloma de su madre, y que fuéramos arreando para el colegio, que siempre tenemos que llegar tarde a todas partes.
            Por la calle una señora le dijo a otra:
            -Mira que pingüinos tan ricos, mujer.
            Pero ya no quise volver a casa porque mi madre en ciertos momentos de su vida se puede llegar a poner violenta y, al fin y al cabo, nosotros estábamos representando a la paz mundial.
            Cuando llegamos al colegio nos quedamos alucinados: en la puerta estaba Yihad vestido con unas plumas que parecía una gallina, estaba el Orejones que parecía un pavo, la Susana parecía un avestruz, Paquito Medina un pelícano, y así hasta treinta y tres. No había dos pájaros iguales. Bueno, sí, el Imbécil y yo: Esos pingüinos tan ricos.”
               (Elvira Lindo, Manolito Gafotas, Madrid, Alfaguara, 1994, pp. 103-107)




Más información:
  • Elvira Lindo, trabajo de Andrés Gavín. 2º Bachillerato AA. Curso 2014-2015.

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